CUANDO EL CRIMEN SE VUELVE RUTINA

CUANDO EL CRIMEN SE VUELVE RUTINA
Hubo un tiempo en que una sola desaparición conmocionaba al país. Se alzaban voces, se exigían explicaciones, se cuestionaba al poder y se exigía justicia. Hoy, en cambio, las desapariciones forzadas han dejado de ser escándalo para convertirse en noticia cotidiana, en un dato más que se desliza entre cifras y comunicados, hasta que terminamos por aceptarlas como parte de lo que "sucede", como un mal inevitable al que ya nos acostumbramos. Y esa normalización es, en sí misma, la mayor de las desgracias.
La raíz de esta desoladora realidad no está solo en quien comete el crimen, sino en quienes tienen el deber de impedirlo y lo consienten. Es la colusión entre el poder y el crimen organizado lo que permite que la impunidad reine: el crimen lleva a políticos corruptos hasta las posiciones de mando, y una vez instalados en ellas, esos mismos gobernantes protegen, callan y se hacen de la "vista gorda". No hay ley que se aplique ni autoridad que se atreva a investigar, porque ambos lados del pacto se sostienen mutuamente. El delito se vuelve sistema, y la injusticia, regla.
Nada importan entonces las familias rotas, los padres que buscan sin descanso, los hijos que esperan en vano, las esposas y hermanos que recorren caminos oscuros sin más compañía que el dolor y la incertidumbre. A quienes detentan el poder pactado con el mal, poco les importa que una desaparición destruya la vida entera de quienes aman al ausente. No se trata sólo de una persona arrebatada: se trata de un hogar desgarrado, de sueños truncados, de un vacío que nada ni nadie puede llenar. Se destruye la familia, se rompe la confianza en la sociedad, y se apaga la esperanza en el corazón de un pueblo.
Lo verdaderamente escandaloso, no es sólo que desaparezcan personas, sino que desaparezca también nuestra capacidad de indignarnos. Que aprendamos a vivir con la tragedia ajena como si no fuera nuestra. Que el silencio de las instituciones se vuelva cómplice de la ausencia. Porque mientras no haya consecuencias para quienes ordenan, ejecutan o encubren estas atrocidades, mientras la corrupción siga tejiendo alianzas entre el poder y el crimen, la desaparición seguirá siendo el castigo para quienes nadie defiende. Y mientras lo aceptemos como algo normal, todos perdemos algo más que un ser querido: ¡perdemos nuestra dignidad como nación!
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