EL SUEÑO DEL “GRAN ISRAEL”: AMBICIÓN BÍBLICA Y REALPOLITIK EN EL CORAZÓN DE ORIENTE PRÓXIMO

09.03.2026

La geopolítica de Oriente Próximo ha vuelto a estremecerse con la irrupción, en el discurso público, de un concepto que durante décadas permaneció en los márgenes del tabú: el Gran Israel. Lo que antes era una reivindicación exclusiva de los sectores ultraortodoxos y los colonos más radicales, ha pasado a ocupar el centro de la escena política de la mano del Primer Ministro Benjamín Netanyahu, quien ha confesado sentirse "muy identificado" con la visión del "Gran Israel" y afirmado estar ejecutando una "misión histórica y espiritual". Estas declaraciones, lejos de ser un exabrupto aislado, destapan la "caja de Pandora" de un proyecto expansionista que hunde sus raíces en los textos bíblicos pero que se ejecuta con las herramientas de la geopolítica del siglo XXI, contando con el respaldo explícito de Estados Unidos y la aquiescencia histórica de las potencias europeas.

La idea del "Gran Israel", conocida en hebreo como Eretz Yisrael HaShlema, no es una invención moderna sino la actualización política de una promesa divina recogida en el Génesis, cuando Dios establece un pacto con Abraham otorgándole la tierra "desde el río de Egipto hasta el río Éufrates". Esta delimitación bíblica implicaría nada menos que la anexión por parte de Israel de la totalidad de los territorios palestinos actuales, la práctica totalidad de Jordania y Líbano, amplias zonas de Siria e Irak, parte importante de Arabia Saudí y el oeste de Egipto. El propio Theodor Herzl, padre del Sionismo político, ya habrá registrado en sus diarios esta visión expansiva, aunque optó por una estrategia pragmática que priorizaba la consolidación de un Estado, dejando para después la materialización de las aspiraciones territoriales máximas. Fue Vladimir Jabotinsky, ideólogo del Sionismo revisionista, quien incorporó estas tesis maximalistas al acervo de la derecha israelí, sentando las bases ideológicas que décadas después florecerían en los despachos del poder.

El punto de inflexión que transformó el sueño bíblico en posibilidad política, fue la Guerra de los Seis Días de 1967, cuando Israel ocupó Cisjordania, Jerusalén Este, la Franja de Gaza, los Altos del Golán y la península del Sinaí. Un mes después del conflicto, intelectuales, militares y políticos crearon el Movimiento por el "Gran Israel", que aunque se disolvió formalmente en la década de 1970, inoculó en la sociedad israelí la convicción de que la expansión territorial era posible y legítima. A partir de entonces, la construcción de asentamientos en los territorios ocupados se convirtió en una política de Estado Israelí sostenida por gobiernos de diverso signo, ignorando sistemáticamente las resoluciones de las Naciones Unidas que consideran ilegal el establecimiento de población civil en territorio ocupado. Lo que comenzó como una corriente marginal, se fue normalizando hasta convertirse en el eje vertebrador de la actual coalición gobernante, donde figuras como Bezalel Smotrich o Itamar Ben-Gvir han llevado el discurso expansionista a extremos insospechados, abogando abiertamente por la expulsión violenta de la población palestina de Gaza y la expansión de las fronteras israelíes hasta Damasco.

La materialización sobre el terreno de esta visión no es una quimera lejana sino una realidad en curso. En Gaza, dos años después de los ataques del 7 de octubre de 2023, Israel controla más del ochenta por ciento de la Franja y ha forzado el desplazamiento de aproximadamente dos millones de personas hacia una reducida franja costera. Paralelamente, se ha filtrado a la prensa el plan estadounidense denominado "GREAT Trust", un proyecto dotado con cien millones de dólares que contempla la administración directa de Gaza por parte de Estados Unidos durante una década, su reconversión en un polo tecnológico y turístico, y la oferta de cinco mil dólares por cada palestino que acepte abandonar voluntariamente su tierra. En Cisjordania, la estrategia expansionista se concreta en la reactivación del plan para construir más de tres mil viviendas en el estratégico sector E1, cuya urbanización partiría físicamente Cisjordania en dos, haciendo inviable la continuidad territorial de cualquier futuro estado palestino. Más de cuatrocientos cincuenta mil colonos habitan ya en asentamientos protegidos por el ejército israelí, fragmentando el territorio palestino en un archipiélago de enclaves incomunicados.

El papel de las potencias europeas en este entramado resulta particularmente complejo y contradictorio. Francia, Alemania y el Reino Unido han manifestado su disposición a reconocer el Estado Palestino, pero estas declaraciones son recibidas con escepticismo por quienes las consideran un gesto simbólico que desvía la atención de lo verdaderamente urgente: detener el suministro de armas a Israel y aplicar sanciones efectivas a los responsables de violaciones del derecho internacional. Mientras tanto, Rusia y China juegan un papel cada vez más activo en la región, promoviendo una narrativa contraria al expansionismo israelí y tejiendo alianzas con los países árabes que ven con creciente preocupación la reconfiguración geopolítica impulsada desde Tel Aviv y Washington.

La paradoja fundamental del proyecto del "Gran Israel" reside en su contradicción interna: la anexión formal de Cisjordania y Gaza, con sus aproximadamente siete millones de habitantes palestinos, obligaría a Israel a elegir entre: conceder la ciudadanía a esa población, poniendo fin al carácter judío del Estado; o mantener un sistema de apartheid institucionalizado que erosionaría irreversiblemente su legitimidad internacional. Esta tensión ha provocado ya fisuras en el propio establishment israelí, donde voces críticas han llamado a la rebelión contra lo que consideran una deriva mesiánica que terminará destruyendo los fundamentos democráticos del Estado.

En este contexto de redefinición radical del mapa de Oriente Próximo, las consecuencias se anuncian de pronóstico reservado. La respuesta del mundo árabe e islámico, a pesar de sus profundas divisiones internas, está comenzando a articularse en forma de alianzas defensivas que podrían configurar un nuevo equilibrio de poder en la región. Países tan dispares como Irán, Arabia Saudí, Egipto, Turquía y Qatar, están encontrando, en la amenaza común del expansionismo israelí, un poderoso incentivo para superar sus discrepancias. El sueño del "Gran Israel", alimentado durante milenios por la promesa divina (cuya vigencia fue sólo temporal) y convertido en programa político por el Sionismo revisionista, se enfrenta hoy a la prueba definitiva de su viabilidad. Las declaraciones de Netanyahu, la política de asentamientos acelerada y la implicación directa de Estados Unidos dibujan un escenario en el que la solución de dos Estados se desvanece como posibilidad real, perfilándose en su lugar un horizonte de conflicto prolongado, resistencia palestina enquistada y reconfiguración de alianzas regionales que podría desembocar en una confrontación de impredecibles consecuencias.