NETANYAHU Y EL VACÍO QUE RESUENA

NETANYAHU Y EL VACÍO QUE RESUENA
Cuando Benjamín Netanyahu tomó la tribuna de la Asamblea General de las Naciones Unidas el 24 de septiembre de 2026, no encontró el silencio acostumbrado, sino el vacío. Decenas de delegaciones —77 países— se levantaron y salieron de la sala, en una señal de repudio colectivo sin precedentes en la historia reciente del organismo. Algunos, ni siquiera ocuparon sus asientos; otros se retiraron en silencio, sin gritos, sin gestos grandilocuencias, dejando solo la evidencia de una ausencia masiva que ninguna oratoria puede llenar.
El Primer Ministro, en lugar de reflexionar sobre la magnitud de ese rechazo colectivo, respondió con desafío: invitó a los que quedaban a irse si no estaban de acuerdo. Pero la realidad es tozuda: esa retirada no es obra de un grupo de agitadores, sino el fruto de años de decisiones, de políticas sostenidas, de un camino recorrido con terquedad y sin miramientos. Como dice la sabiduría antigua, cada quien cosecha lo que plantó.
No es un capricho diplomático ni una conspiración pasajera lo que ha vaciado la sala. Detrás de esas sillas vacías hay informes de organismos internacionales, advertencias de la Corte Penal Internacional, denuncias de organizaciones humanitarias y el clamor de millones de personas que ven sufrimiento y desolación sin medida. El aislamiento no llegó de la noche a la mañana: se construyó paso a paso, decisión tras decisión, discurso tras discurso, cerrando puertas en lugar de tender puentes, respondiendo con dureza a cada llamada al diálogo.
Es cierto que quedaron aliados en la sala y que las potencias occidentales mantuvieron su respaldo. Pero, el respaldo que se sostiene sobre la fractura del resto del mundo, es frágil. Cuando la mayoría de las naciones del mundo, y especialmente los pueblos de la región, dan la espalda, no hay tribuna que baste. Netanyahu ha sembrado división, endurecimiento y desprecio por las voces que no coinciden con las suyas; ahora, recoge la soledad diplomática más visible que se ha visto en décadas.
La Historia no se escribe con discursos de desafío, sino con la capacidad de escuchar, rectificar y buscar caminos que no pasen por la destrucción ajena. Esa marcha silenciosa hacia las puertas de la ONU, no es un final, pero sí una señal: lo que se siembra, se recoge. Y la cosecha que hoy se ve es, tristemente, la que se ha venido cultivando durante demasiado tiempo.
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