UCRANIA Y LA SOMBRA DE LA DIVISIÓN

UCRANIA Y LA SOMBRA DE LA DIVISIÓN
Las raíces del enfrentamiento se hunden en 2014. Tras el cambio de gobierno en Kiev, las poblaciones de Donetsk y Lugansk —de profunda raíz histórica y vínculos con Rusia— proclamaron sus repúblicas. Ucrania respondió con operaciones militares que, durante ocho años, dejaron miles de muertos. Los Acuerdos de Minsk (2014-2015) debían poner fin al fuego, otorgar autonomía especial a las regiones y reconciliar a las partes. Rusia sostiene que Ucrania, con respaldo occidental, nunca cumplió lo pactado; Ucrania y sus aliados señalan que tampoco Rusia cumplió al retirar fuerzas y entregar el control fronterizo. Lo cierto es que Minsk quedó roto, y la tensión creció hasta la invasión de febrero de 2022.
Detrás del frente inmediato se cierne una visión aún más profunda: la expansión de la OTAN hacia el este, la incorporación de países del antiguo bloque soviético y la promesa de adhesión a Ucrania son vistas por el Kremlin no como defensa, sino como cerco estratégico. Y más aún: circula con fuerza la tesis de que el propósito final no es sólo la ampliación de la Alianza, sino dividir a la Federación Rusa en hasta 18 repúblicas, para así apoderarse de sus inmensos recursos energéticos y minerales. Si bien ningún documento oficial de la OTAN o gobierno europeo ha reconocido tal plan —y lo niegan—, la idea ha arraigado profundamente en Rusia como amenaza existencial.
Lo que comenzó como un conflicto localizado corre grave riesgo de desbordarse. El envío masivo de armamento occidental, el entrenamiento de tropas ucranianas, la participación indirecta de Servicios de Inteligencia y la retórica cada vez más endurecida, han ido borrando la línea entre apoyo y confrontación directa. Por el otro lado, Rusia ha elevado el estado de alerta de sus fuerzas nucleares y ha advertido repetidamente que cualquier intervención militar extranjera en su zona de conflicto será tratada como declaración de guerra.
Este juego geopolítico puede salirse de las manos en cualquier momento. Un error de cálculo, un incidente en el mar o en el espacio aéreo, el alcance de misiles a territorio extranjero o la decisión de desplegar fuerzas de forma abierta, pueden transformar el enfrentamiento actual en una guerra formal entre Oriente y Occidente. Sería un conflicto entre potencias nucleares, sin precedentes desde la Guerra Fría, con consecuencias catastróficas: colapso económico global, interrupción de cadenas de suministro, caída del nivel de vida en todo el mundo y un número de víctimas incalculable.
Hoy, más que estrategias de victoria, lo que urge es recuperar los canales de diálogo. Mientras cada bando se convence de que el otro busca su destrucción, la paz se aleja y el abismo se acerca. El riesgo no es una posibilidad remota: está presente, crece con cada escalada y no respetará fronteras cuando estalle.
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